Valor y bien
Para aclarar mejor esta crucial cuestión de la no reluctancia entre los planos del ser y del valer se hace necesario precisar también cuál es la relación entre valor y bien, entendiendo por éste, justamente, uno de los aspectos trascendentales del ser –según la clásica concepción aristotélico-tomista– concretamente la apetibilidad misma del ente: todo ente, justo en tanto que ente, resulta originariamente dispuesto a ser querido, aunque de hecho no esté siendo querido en acto; dicho de otro modo, al ens qua ens no le es contradictoria la condición de ser objeto de una apetición o acto volitivo. El ser es lo que hace posible que una realidad sea querida. En consecuencia, el concepto de bien no establece ningún corte entre el ser y el valer. Es decir, algo ya existente, todo lo existente, tiene una cierta bondad. Tal es el concepto trascendental de bonum, distinto del concepto de bien moral. (Si se quiere hacer un tratamiento auténticamente filosófico, no se debe plantear el problema del bien exclusivamente en términos éticos). Que todo lo existente sea un bien –en sentido ontológico, no moral– no implica, empero, que todo bien es algo existente. A esta luz, ¿qué cabe decir del valor? Pues que el valor positivo es la bondad de algo bueno. El valor es la bondad de lo bueno, entendiendo por bueno lo que puede darse según alguna de estas tres formas, jerárquicamente distintas: la honestidad (bonum honestum), la utilidad (bonum utile) y el deleite sensorial (bonum delectabile). En otras palabras, la honestidad es el valor de lo honestum (lo que es bueno por sí mismo, con razón de fin), la utilidad es el valor de lo útil (lo que es bueno con razón de medio) y el placer es el valor de lo que produce deleite a los sentidos. Podríamos decir que el bien es el depositario del valor. ¿En qué estriba, entonces, la diferencia entre valor y bien? Pues en que el valor es la bondad del bien. Pero la bondad del bien no es el bien; el bien es el subiectum, el depositario: es lo que tiene bondad y, como tal, es apetecible. Y aquí interviene una subjetividad posible. Como tal, apetecible es lo que merece ser apetecido, lo que merece estima. No es el hecho de ser estimado lo que hace que un valor sea valor. Esto conviene principalmente al bien, y sólo secundariamente al valor. El bien es lo que merece ser estimado por su bondad, por su valor, y la bondad de lo que la posee es su valor correspondiente. Así como hay diversos tipos de bienes, también hay diferentes escalas de valor, y un mismo bien puede tener valores diferentes. Pongamos algunos ejemplos. Una medicina vale para curar determinada enfermedad: es un bien, y el valer para curarla es su valor. Pero, a su vez, dicha medicina puede tener un valor económico (un precio) [6]. La medicina es un bien económico –mercantil– pero no es su valor económico. Tampoco lo es la moneda con la que compro la medicina; la moneda vale x pesetas, pero no es lo que vale, como tampoco lo es una prenda de ropa; ésta puede tener un valor estético, económico, puede servir para abrigarse, etc., pero ninguna de esas utilidades o valores es el bien que las posee. La capacidad de producir deleite que tiene una obra de arte, pongamos por caso, no es un bien: el bien es la obra de arte que tiene esa capacidad. ¿Y por qué es un bien? Porque tiene la capacidad de producir deleite. Dicha capacidad es su valor, uno de ellos quizá, que puede entrar dentro del bonum delectabile. En definitiva, hay que distinguir entre bien y valor como se distingue entre bien y bondad. El bien no es la bondad sino su poseedor. Cabe utilizar aquí el término Wert-Träger, tomándolo de la axiología, pero no al modo como lo hace Scheler cuando critica la “ética de bienes y de fines”. Bien se puede referir tanto a los bienes presentes ya existentes como a los futuros. Aristóteles distingue entre el propósito de llevar a cabo una buena acción y la acción misma propuesta; una acción buena que alguien se propone hacer no sólo es bueno que se la proponga –lo cual es ya una buena acción: el propósito mismo que, como tal, ya está existiendo y que es efectivamente un bien–, sino también que la lleve a cabo, que cumpla ese propósito; si se trata de una acción moralmente correcta, es un bien. No sólo es un bien el proponerme hacer algo bueno sino la acción buena que me propongo hacer, pues mientras sea sólo algo que me propongo y que todavía no he hecho, no existe todavía y, sin embargo, es un bien. Esto es lo que habría que decir para no reducir el concepto de bien –lo bueno– a lo ya existente. Tal reduccionismo del bien al bien actualmente existente es una arbitrariedad de Scheler –autor admirable, dicho sea también, por otros muchos conceptos–, y de ahí procede su aversión a lo que denomina “ética de bienes y de fines”. Él propone una ética de valores. Sin embargo, una acción moralmente buena no es un valor, es un bien. La bondad moral de esa acción es lo que es un valor, y no un bien. El valor es la bondad del bien, ya sea honesto, útil o deleitable.









