Ser, valor y deber

Ser, valor y deber

El asunto de la “falacia naturalista” La no indiferencia de los valores frente a sus correspondientes realizaciones nos conduce al planteamiento de la relación entre valor y deber. No todo valor funda un deber, pero sí cabe decir que todo deber se fundamenta en algún valor, y si el valor es un aspecto trascendental del ser –la bondad de lo bueno, según los diversos niveles arriba mencionados–, entonces el deber no puede ser tan ajeno al ser como se piensa desde el kantismo. El deber-ser no es reductible al ser, pero no es verdad que sean dos mundos radicalmente incompatibles. Como ha hecho ver Husserl en sus Logische Untersuchungen, la deontología goza de un régimen lógico: es la lógica del tó deon, del deber: toda proposición práctico-normativa es reductible a un juicio de valor, en el cual hay implícito un juicio teórico que es lógicamente decidible. De ahí que puedan deducirse deberes a partir, no ciertamente de “estados de cosas”, pero sí del “ser”, en concreto del ser humano, y de la naturaleza que le es propia, sin por ello incurrir en la llamada “falacia naturalista”. Ésta consiste más bien en deducir el deber-ser a partir de los hechos del mundo, de la facticidad, pero no constituye ninguna falacia –todo lo contrario, es una exigencia estrictamente lógica afirmar la esencial relatividad de los deberes, en primer lugar, al ser específico del hombre y, en segundo lugar, a la situación y circunstancia individual de cada persona [19]. El auténtico origen de la falacia naturalista está en la confusión del deber en sentido natural (Müssen) con el deber en sentido moral (Sollen). Dicha falacia no consiste, como frecuentemente se dice, en deducir los deberes a partir de la investigación sobre la naturaleza humana y sus inclinaciones espontáneas, sino en identificar el deber con la necesidad natural. El concepto kantiano de naturaleza no coincide con el aristotélico. Para Kant, “naturaleza” es el ámbito de la determinación física, lo contradistinto con el ámbito de la práctica, que es el de lo posible por libertad. En cambio, el aristotelismo entiende que la libertad es algo natural en el hombre; forma parte –y parte esencial– de su naturaleza. No entraña ninguna dificultad, en el contexto aristotélico, extraer la ética de la antropología, a la que está indisolublemente vinculada, cosa que de ningún modo es posible en el kantismo. El sentido kantiano de la legislación práctica a priori no es sólo el de que la ética ha de formularse con independencia de lo que los hombres hacen –tema que correspondería a la Antropología en sentido pragmático (Anthropologie im pragmatischen Sinn)– sino también completamente de espaldas a lo que los hombres son. De ahí surge una de las aporías principales del kantismo: la necesidad de proponer una antroponomía sin antropología. En el aristotelismo, por el contrario, no hay ninguna dificultad ni falacia en admitir que la naturaleza –o lo que es lo mismo, la esencia dinámicamente considerada, a saber, como principio de operaciones y pasiones específicas de un ser– es instancia moral de apelación en el caso del hombre, de suerte que el deber-ser aparece como la asíntota del ser humano, aquello a lo que éste tiende, si bien no necesaria sino libremente [20]. Comparto el punto de vista de Millán-Puelles según el cual el deber sólo es absoluto por su forma, no por su materia [21]. En consecuencia, entiendo que la naturaleza humana –el modo humano de ser, dinámicamente considerado– es la fuente, trascendental y categorial, de sus obligaciones. Éstas no proponen al hombre nada que no esté ya en la virtualidad operativa propia de su modo específico de ser. Como decían los clásicos, operari sequitur esse, et modus operandi sequitur modum essendi. De ahí que pueda proponerse como tarea moral básica la de confirmar con el obrar el ser que nos caracteriza; con la famosa fórmula de Píndaro, llegar a ser lo que se es. El ser natural humano incluye el registro de sus posibilidades operativas e indica, por tanto, el modo en que debe ser “gestionado” por el mismo hombre. Adviértase que sólo si el obrar sigue al ser natural puede el hombre “reobrar” sobre sí mismo, caracterizándose moralmente en la forma en que lo propone el existencialismo. J.L. Del Barco lo ha expresado con fuerza: “El hombre, vate empedernido, es ante todo poeta de sí mismo: esculpe su figura interior obrando. Con el fino escalpelo de la acción labra su personalidad y la moldea. Si gorronea se hace gorrón; si disimula, ladino; si da, desprendido; si ora, devoto, y si pinta y pinta aprende a ver. La ética no es importante como un adorno, sino porque, al obrar, el hombre se la juega. No es ni moralina ni una estrategia de acción ni un clavo ardiendo al que agarrarse en caso de apuro, sino el modo humano de estar en el tiempo. De ahí la estrecha conexión que mantiene con la vida. Su misión consiste en ayudarla a crecer y a que no se malogre. Abarca, en suma, todas las dimensiones del ser humano, que se vuelve ininteligible sin ella” [22]. En efecto, lo que el hombre llega a ser, moralmente, depende de sus decisiones y de sus obras morales más que de las circunstancias externas en que ha caído. Mucho más depende el hombre de lo que hace que de lo que le rodea, sin que esto le sea completamente ajeno.