Los criterios racionales de preferencia

Los criterios racionales de preferencia

En este punto es donde se hace necesario proponer una segunda corrección a la Axiología fenomenológica para hacer de su propuesta algo pedagógicamente practicable. El modo humano de acceder al orden de los valores ha de tener una vertiente racional, no puede ser cosa de puro sentimiento. La estimativa, tanto en los animales irracionales como en los humanos, es cognoscitiva. Cierto que se trata sólo de conocimiento sensible interno, pero ello no obsta que pueda ser elevado, en el caso de los humanos, a categorías racionales. También racionalmente accedemos a los valores. Somos, en definitiva, capaces de preferencias racionales; podemos valorar algo conociendo y ponderando las razones de nuestra valoración. Hay diferencia clara entre preferir y razonar. La tendencia no es conciencia. Por ello es posible tener tendencias inconscientes: es ésta, sin duda, una característica del instinto [42]. Pero, de la misma manera, cabe también poseer tendencias conscientes. Esto no implica que la tendencia, como tal tendencia, sea conciencia, sino que puede ser tendencia dependiente de la respectiva conciencia que quien tiende posee acerca del objetivo de su tender. (Bien es verdad que la órexis misma no es consciente más que de modo indirecto, es decir, por la conciencia del sujeto en el que se da, pues las facultades no obran propiamente, sino que obra el sujeto a través de ellas). Ahora bien, el sentimiento –y la estima o preferencia lo es– es de suyo cognoscitivo y produce experiencia. Esto es, concretamente, lo que niegan los axiólogos: que la estima sea cognoscitiva y que el hombre pueda tener algún dominio racional sobre ella. Es un puro sentimiento frente a los valores, el vivirme apelado o exigido por ellos (o bien el vivirme repelido por los contravalores) [43]. Es la reacción subjetiva ante su vocación, el puro escucharla, oir el eco de su llamada desde el ultramundo y experimentar la conmoción compulsiva que me lleva a sentir aprecio o desprecio. Dicha reacción sentimental es completamente espontanea: es la respuesta ciega a una apelación. La estimación viene acompañada por una impulsión (vis a tergo) que constituye el contenido conativo de una vivencia de valor. Este tender va condicionado, a su vez, por su fuente sentimental [44]. Ahora bien, aunque es independiente del entendimiento racional, dicha estimación no es completamente alógica. A propósito de la noción pascaliana de las razones del corazón, comenta Scheler: “El “corazón“ tiene sus razones, pero no “razones“ sobre las cuales ha decidido ya previamente el entendimiento y que, por tanto, serían no razones, esto es, determinaciones objetivas, “necesidades“ estrictas, sino tan sólo las llamadas razones, en el sentido de motivos, deseos. En la frase de Pascal el acento se halla en el “sus“ y no en las “razones“. El corazón tiene sus razones, “las suyas“, de las cuales el entendimiento nada sabe y nada puede saber; y tiene “razones“, es decir, evidencias objetivas sobre hechos para los cuales el entendimiento es ciego, tan ciego como lo es el ciego para los colores y el sordo para los sonidos” [45]. Creo que hay una verdad latente en el planteamiento de Scheler, y es que existe un a priori de tipo estético-afectivo a la captación de los valores, en especial de los valores morales [46]. En efecto, nuestra primera reacción ante un espectáculo dotado de valor moral no es hacer un juicio de valor o un razonamiento axiológico, sino una respuesta de tipo afectivo, que muchas veces expresamos con caracteres estéticos: “es un gesto bonito” (buena acción), “una bellísima persona” (honesta), “una acción repugnante” (deshonesta), etc. No es el lenguaje estético el más adecuado, quizá, pero entendemos perfectamente lo que quieren decir esas expresiones, todas ellas sumamente intuitivas. Antes del juicio de valor está el vivirme yo apelado o repelido. Y el agrado o desagrado forma parte de la estructura estética, en el sentido más genuinamente filosófico de la palabra, es decir, se refiere a los sentimientos, a lo sensible [47]. Aun así, si no se acepta una vertiente propiamente racional en la captación de los valores, devendría vacío todo discurso acerca del compromiso con los valores, al igual que carecería de sentido el concepto mismo de preferencia. En efecto, una propiedad esencial de los valores, según la Axiología fenomenológica, es que están jerarquizados. El estimar correcto es, justamente, el que se adecúa a esa jerarquía, ya que no todos los valores son igualmente valiosos. Como educadores necesitamos una jerarquía de valores, hemos de hacer nuestra opción axiológica elaborando una organización propia; a su vez, en nuestra tarea debemos procurar que las personas a las que atendemos hagan lo mismo. Todo ello supone un compromiso.