La superación del neutralismo axiológico
Debe celebrarse el advenimiento de una nueva sensibilidad acerca del asunto de los valores en educación, sin duda. En buena hora se abandona la equívoca y falsaria pretensión de una educación neutral en cuestiones de valor. Estamos superando el prejuicio neutralista de la llamada escuela única y laica, tras haber comprobado que eso no es posible, ni siquiera como ideal regulativo. En este punto, el relativismo se mantiene bien en las discusiones más o menos eruditas y en la biblioteca, pero no en la vida, donde nadie se queda indiferente ante determinados espectáculos, ni es deseable que se quede así. Por ejemplo, “si a uno le hacen una faena, dirá que le han hecho una faena. Y si a uno le roban, dirá que han cometido una injusticia contra su propiedad. Y todos los que dicen que el hombre no es libre, luego ponen el grito en el cielo cuando les hacen la menor faena. (…) La ética filosófica –concluye Millán-Puelles en términos populares– debe ser coherente con el hecho de que todo hombre, lo quiera o no, pone el grito en el cielo cuando le hacen una faena” [11]. No puede olvidarse que la educación es vida –praxis– y preparación para la vida. Aunque teóricamente haya quienes defienden el relativismo y el indiferentismo axiológico, nadie vive en coherencia con eso. Según el conocido principio weberiano de la “ausencia de valoración” (Wertfreiheit), el científico debe abstenerse de cualquier juicio de valor acerca del objeto de su investigación. El único valor al que la investigación ha de atenerse es la misma búsqueda científica. Ello es insuficiente aun para la propia tarea científica, que en su momento auténticamente creativo –la invención de hipótesis explicativas– ha de regirse sobre todo por intuiciones en las que van implicadas precomprensiones valorativas acerca de las posibles mejores explicaciones para el fenómeno que se analiza. Pero no sólo de cara a la ciencia, sino también a la técnica, al arte y, en general, de cara a la vida, pues la existencia humana es, indefectiblemente, compromiso con valores [12]. A propósito de la insuficiencia de dicha actitud neutralista, J. Ratzinger va más allá al subrayar, en función de su falsedad, su profunda perversidad. Hablando de los límites éticos del arte y de la técnica, comenta lo siguiente: “¿Qué le está permitido en realidad al arte? La respuesta parece muy sencilla: lo que “artísticamente“ puede. Sólo le está permitida una norma: ella misma, la capacidad artística. Y frente a ella hay sólo un fallo: el fallo del arte, la incapacidad artística. No hay, por tanto, libros buenos y malos, sino libros bien y mal escritos, películas bien o mal hechas, etc. Ahí no cuenta el bien, la moral, sólo la capacidad: pues arte –Kunst– viene de capacidad –können– (se dice); todo lo demás es abuso, violencia. ¡Qué esclarecedor es esto! Esto significa, consecuentemente, que existe un espacio en el que el hombre puede elevarse por encima de sus limitaciones: si hace arte, no tiene pues limitaciones; él es capaz entonces de aquello de lo que es capaz. Y significa que la medida del hombre sólo puede ser la capacidad, no el ser, no el bien y el mal (…) ¿Qué le está permitido a la técnica? Durante mucho tiempo estuvo perfectamente claro: le está permitido aquello de lo que es capaz; el único fallo que conocía era el fallo del arte. Robert Oppenheimer cuenta que, cuando surgió la posibilidad de la bomba atómica, ésta había constituido para ellos, los físicos nucleares, el “technically sweet“, la seducción técnica, su fascinación, como un imán que debían seguir: lo técnicamente posible, el ser capaces también de querer algo y de hacerlo. El último comandante de Auschwitz, Höss, afirmaba en su diario que el campo de exterminio había sido una inesperada conquista técnica. Tener en cuenta el horario del ministerio, la capacidad de los crematorios y su fuerza de combustión y el combinar todo esto de tal manera que funcionara ininterrumpidamente, constituía un programa fascinante y armonioso que se justificaba por sí mismo”.
Es, pues, buena cosa haber superado el prejuicio neutralista. Pero queda todavía un paso importante: saber de qué estamos hablando cuando hablamos de educar en valores. Esto está por conseguir. Y urge. La realidad es que, en muchos paises de nuestro entorno cultural, los jóvenes no han escuchado en la escuela –muchas veces tampoco en la familia– casi nada acerca de lo que está bien y de lo que está mal. Únicamente han recibido el siguiente mensaje: los valores son subjetivos; cada uno tiene los “suyos” y no hay que discutir demasiado sobre ello. Tú, “sé tú mismo”, haz tus propias opciones y, eso sí, no molestes a nadie. Las consecuencias, por otra parte previsibles, de que el compromiso y la responsabilidad en cuestiones axiológicas se queden en una pose retórica, no se han hecho esperar demasiado, y el “pensamiento débil” va dejando paso a una reflexión sociocultural seria, algunos de cuyos elementos comienzan a percibirse ya en nuestro país, especialmente entre quienes reclaman una mayor y mejor presencia de la Filosofía –y las Humanidades en general– en los planes de estudio de Bachillerato y, desde luego, entre los educadores que se enfrentan con el problema de la violencia en las aulas. Parece que poco a poco se va imponiendo el sentido común, después de tanto tiempo de haber navegado por las procelosas aguas del neutralismo y del relativismo con la excusa de la emancipación, la tolerancia y la no directividad. La preocupación de tantos por “no imponer nada a nadie”, además de enmascarar frecuentemente un equívoco afán de dominio [14], ha llevado a que varias generaciones de jóvenes no hayan tenido la oportunidad de oir casi nada serio en la escuela acerca de las cuestiones que al hombre nunca le dejan indiferente. Y como el ser humano no puede vivir sin formarse criterios acerca de lo moral, lo social, lo religioso, la cuestión sobre el sentido de la existencia, etc., muchos han acabado acudiendo a los debates televisados –que no se suelen caracterizar por la seriedad en el tratamiento de estos temas– a los best-seller, a las películas de moda, etc., cuando no a las pandillas, las organizaciones radicales o las sectas.
No se acierta con una auténtica axiología educativa porque, al no percibir su valencia metafísica, tampoco termina de haber claridad en la significación profunda del valor. En gran parte, dicha dificultad procede de que frecuentemente las virtudes metodológicas de la fenomenología –su aptitud para describir con rigor y precisión las vivencias estimativas– no quedan suficientemente discernidas del principio inmanentista que define a esta corriente de pensamiento. La fenomenología de Husserl y Scheler aboca a un idealismo más absoluto, si cabe, que el hegeliano, y, por tanto, termina traicionando la genuina intención de ir “a las cosas mismas” [15]. Ello acontece al identificar la esencia (eidos) de algo con su fenomenidad para la conciencia humana, digamos, con su situación de ser-objeto. Mas el análisis del objeto formalmente tomado –es decir, tomado precisamente bajo la formalidad de objeto– da como resultado la comprobación de que la objetualidad es, ontológicamente considerada, una denominación extrínseca: el ente en tanto que tal no se ve afectado en sentido ontológico por su situación de ser objeto de una representación o, lo que es lo mismo, ésta no es una determinación real en él. Ciertamente, tanto el representar objetivante como la conciencia en acto de representarse un objeto tienen un estatuto ontológico preciso, pero su ser-objetivado es puramente irreal en el término intencional del acto representativo.
En lo que ahora nos afecta, esto posee una implicación clara: el lado subjetivo del valor –la estima concreta que en mí produce– no es decisivo para él. Pongamos un ejemplo: si la generosidad es un valor moral, no lo es porque haya personas que la realicen en sus vidas, ni siquiera porque la deseen o añoren. En el lenguaje de Leibniz, el juicio “la generosidad es un valor” expresaría una verdad de razón, no una verdad de hecho, pues seguiría siendo esencialmente verdadero, aunque existencialmente no hubiese sobre la faz de la tierra un solo gesto de generosidad ni una sola persona generosa. Ahora bien –y esto es no menos esencial–, en ese hipotético e indeseable caso, la generosidad seguiría apelando a las personas y justificando la existencia del mundo como el tópos donde ese valor puede realizarse y debe ser realizado.









