Independencia no es indiferencia
La independencia de los valores frente a los hechos no implica, en definitiva, indiferencia frente a su no realización. Los valores, digámoslo así, no se quedan “tan tranquilos” si no es escuchada su apelación, si no son valorados. El que de hecho lo sean no los constituye como valores, pero reclaman serlo. “Es de la esencia de los valores morales, considerados como objetos independientes y desligados de los procesos de su aprehensión real, exigir el reconocimiento por parte de todos” [17]. Aquí estriba la verdad profunda a la que apunta el lema “los valores no son, sino que valen” [18]. La cuestión es que dicha fórmula no es correcta si no se completa diciendo que los valores no son hechos. Como ya se indicó más arriba, que no sean hechos no implica, sin más, que no sean. He aquí la primera corrección que necesita el planteamiento axiológico para ser pedagógicamente practicable: hace falta una adecuada interpretación del axioma según el cual el ser del valor consiste en su propio valer. Esto sólo es aceptable si se entiende lato sensu, es decir, en el mismo sentido en que los escolásticos de cuño aristotélico decían, por ejemplo, que la vida es el ser para los vivientes (vita viventibus est esse). Ahora bien, en rigor, postular una completa diáiresis entre el orden ontológico y el axiológico –tal como aparece en la fórmula “los valores no son sino que valen”– incluye un grave error, por doble motivo. Por un lado, desde la axiología, es cierto que la esencia de los valores no depende de su correspondiente realización fáctica, pero, como ya se ha señalado, tal independencia no es indiferencia, a no ser que el término valor pierda todo su contenido práctico. Por su parte, desde la ontología, es preciso afirmar la radical coincidencia entre bondad y ser.









