El lado subjetivo, el lado objetivo y la categoría ontológica del valor

El lado subjetivo, el lado objetivo y la categoría ontológica del valor

Es importante señalar todo lo anterior para advertir las principales insuficiencias del debate acerca de la “objetividad de los valores”. En su acepción más corriente, la palabra “valor” evoca primeramente una peculiar relación entre ciertos objetos y el sujeto humano, relación según la cual aquéllos aparecen ante éste dotados de alguna “importancia” (áxion, dignitas). Algo valioso parece ser, ante todo, algo importante para alguien. Ortega añade un elemento que subraya el matiz subjetivo del concepto de valor. Valor es, según el filósofo español, el “cariz que sobre el objeto proyectan los sentimientos de agrado y desagrado del sujeto” [7]. No obstante, el propio Ortega reconoce que “en el momento de valorar algo como bueno no vemos la bondad proyectada sobre el objeto por nuestro sentimiento de agrado, sino al revés, como viniendo, como imponiéndose a nosotros desde el objeto (…) Nos agrada porque nos parece bueno, porque hallamos en él ese carácter valioso de la bondad” [8]. En efecto, no valen los valores porque nos agraden o los deseemos; más bien nos agradan y los deseamos porque nos parece que valen, viene a decir Ortega, recogiendo con fidelidad el planteamiento de la Axiología. En otras palabras, el valor de algo no es reductible a su efectiva valoración por un sujeto, sino por completo independiente de ella. El valor es una cuestión de iure, valga decirlo así, mientras que la valoración es siempre de facto. La Axiología reconoce, entonces, la neta distinción entre un lado subjetivo y un lado objetivo del valor. El concepto mismo de valer dice relación directa al lado subjetivo. Significa, de manera inmediata, la relevancia que algo tiene para alguien. Al mismo tiempo, ese aspecto subjetivo remite a una objetividad: ante el sujeto que valora se perfila un algo para él valioso. Ahora bien, el objeto siempre lo es para un sujeto, de manera que la “objetividad de los valores” es estrictamente equipolente a la “subjetividad” de los mismos. La única forma de salvar el carácter no meramente subjetivo del valor es tomarlo como, a su vez, relativo al bien ontológico en la forma que ya se ha expuesto, es decir, entendiendo por bien, al modo tomista, una de las propiedades trascendentales del ser (ens et bonum convertuntur). Dicho con otras palabras, el referente último del valor ha de consistir en el ser de lo valioso, y no en tanto que valioso (para alguien) sino en tanto que ser. La intencionalidad real de la estimativa sólo queda garantizada si se reconoce, además de la condición subjetiva –y, por lo mismo, objetiva– del valor, el carácter transubjetual –y, por lo mismo, transobjetual– del ser de lo valioso. La valencia ontológica del valor, por decirlo así, no es alcanzada, sin embargo, desde la perspectiva axiológica. De ahí su radical insuficiencia, pese a los no pequeños logros teóricos de la Axiología planteada por M. Scheler y A. von Meinong. La índole material de los valores salvaguarda su objetividad, pero no su realidad. La única forma de afirmar la realidad de lo valioso en tanto que valioso es reconocerlo como bueno y, por lo mismo, integrarlo en la dimensión de lo ente: advertir, por tanto, la independencia de lo valorado, no sólo respecto del acto mismo de valorar, sino del contenido mismo de ese acto y, en último análisis, de la conciencia estimativa. El valor es un aspecto de la bondad ontológica de las cosas que, ciertamente, se percibe en los actos subjetivos de estimación, pero éstos no lo constituyen nada más que como objeto de estima fáctica. Valorar algo por parte de un sujeto no hace de ese objeto nada más que, valga la tautología, objeto-de-estima, es decir, objeto de hecho valorado. De suyo, el valor apunta no tanto a la estima como a la estimabilidad; valioso es lo estimable, lo que merece estima, aunque de hecho no la reciba. El sujeto otorga la estimación pero no la estimabilidad. Aunque nuestro acceso al orden de los valores acontece por virtud de la capacidad estimativa, ésta no confiere a lo estimado su valor sino la pura situación de ser-estimado, situación que es, por cierto, completamente irreal para él [9]. Las reflexiones subsiguientes, pese a que reconocen –en ocasiones de manera explícita– el acierto de buena parte de la fenomenología axiológica, no pueden comprenderse tampoco más que desde una óptica crítica de esa tradición. Y la crítica más radical que cabe hacérsele es el desenfoque consistente en no percibir la valencia estrictamente ontológica del valor. El discurso acerca de la “objetividad de los valores” queda completamente desarbolado en su pretensión a falta de dicha valencia y, a la postre, podría equipararse plenamente con el de la “subjetividad de los valores”, como de hecho testimonian las tesis finales, tanto de Husserl como de Scheler; no, ciertamente, de todos los continuadores del pensamiento axiológico