Axiología y positivismo

Axiología y positivismo

El discurso sobre los valores no puede mantenerse sino en la tensión entre lo pragmático y lo paradigmático. En otras palabras, no se puede hablar de los valores si no es desde una perspectiva metafísica, una perspectiva que tenga en cuenta, por supuesto, lo fáctico, pero a través de ello, también lo metafáctico. Sólo la mirada metafísica es capaz de, penetrando la superficie del mundo, alcanzar ese “ultra-mundo” de los valores, que está más allá de los hechos. El problema con el que tropezamos es que la mentalidad característica del positivismo –que, como se indicó al comienzo de estas páginas, reduce la realidad únicamente al terreno de los hechos– es incapaz de comprender lo que no es empírico, controlable y factorializable. En la medida en que el relato positivista-cientista ha tenido una pregnancia importante en la actual configuración sociocultural de Occidente, hoy día se hace muy difícil hablar en serio de los valores, si bien es cierto que se van poniendo de manifiesto cada vez más sus insuficiencias [37]. Además de la carga retórica que para las mentes mezquinas y conformistas pueda tener el discurso axiológico, nos encontramos con el generalizado sofisma consistente en identificar el valor con la valoración subjetiva. Por ejemplo, cuando algunos sociólogos hablan de los valores sociales, en último término sólo se refieren a las valoraciones sociológicamente mayoritarias. -¿Qué son los valores en una sociedad? -Pues básicamente lo que la gente valora. ¿En qué forma es sofístico este modo, tan común, de discurrir? La razón de la falacia es que las valoraciones son efectivamente eso, hechos (psíquicos), pero los valores no. Es ésta una de las más deletéreas versiones del positivismo: el reducir los valores objetivos –y, en último término, los bienes reales transobjetuales– a valoraciones subjetivas, o intersubjetivas. Bien se trate del sujeto empírico psicológico, de la intersubjetividad sociológica –lo que la mayoría se pone de acuerdo en valorar– o la subjetividad trascendental kantiana, nada de eso es decisivo a la hora de hablar sobre el valor. En palabras de Scheler, “los conceptos de valor no se abstraen, en modo alguno, de las cosas, los hombres o las acciones empíricas y concretas, ni son tampoco momentos “dependientes“ y abstractos de tales cosas, sino que son fenómenos independientes, que se aprehenden en la más amplia independencia de la peculiaridad del contenido, lo mismo que en independencia del ser real (y también del no-ser en sus dos sentidos de real e ideal) de sus depositarios” [38]. Aquí estriba la aportación más genuina de la Axiología fenomenológica. La aludida confusión –como en general, la que se produce entre un acto psíquico y el contenido objetivo de ese acto– es la principal denuncia dirigida desde la tradición fenomenológica contra el llamado psicologismo o relativismo psicologista [39]. En el ámbito de los saberes educativos todavía no son muchos los que detectan esta sutil falacia. Al hablar de valores, no pocas veces se refieren a las valoraciones, y todo lo que podría hacerse con ellas es clarificarlas. La clarificación de valores (value clarification) es el intento de entrar en el terreno de las valoraciones psicológicas del individuo mediante la introspección. Con una ayuda mayéutica por parte del profesor, a base de establecer un diálogo a partir de preguntas adecuadas, se pretende que el educando vea en sí mismo cuáles son las motivaciones de tipo axiológico que realmente le estimulan, cuáles son, en fin, las valoraciones que están en el fondo de su conducta. No hay duda del interés que tiene esta investigación, pero ahí no está en juego el valor. Muchos psicólogos que aplican esta técnica no advierten que lo que mediante ella queda clarificado no son valores sino valoraciones. La insuficiencia básica de la value clarification se revela en que la educación en valores queda ahí reducida a procurar que cada uno se comprometa con sus propios valores, en definitiva, que los cree, que los constituya como tales por el mero hecho de estimarlos. En palabras de Bloom, “adaptando una fórmula de Platón con respecto a los dioses, nosotros no amamos una cosa porque es buena, sino que es buena porque la amamos. Es nuestra decisión de estimar lo que hace que algo sea estimable” [40]. E. Husserl, hablando de las ideas, distingue entre el acto de la ideación (nóesis) y el contenido ideado en ese acto (nóema). El acto de conocer es una vivencia de la subjetividad y, por tanto, es subjetivo, pero el contenido de esa vivencia es objetivo e irreductible a aquél: no es algo que la subjetividad pone; más bien le es dado desde fuera. La intencionalidad de toda nóesis manifiesta la imposibilidad de explicarla de una manera puramente endógena y, por tanto, el carácter no subjetivo ni psicológicamente fáctico de su contenido. Éste queda constituido como dato, como esencia o fenómeno. Dicho de otra manera, todos nuestros actos de conocer son vivencias subjetivas, perforando las cuales encontramos algo vivido distinto del sujeto que lo vive. En los actos de juzgar, por ejemplo, una cosa es la nóesis del juicio, y otra distinta la verdad misma que en el juicio se me da. La verdad no es el juicio, aunque el juicio es el modo que yo tengo de acceder a la verdad. Análogamente, los valores no se agotan en las valoraciones, aunque nosotros accedemos a ellos mediante los actos de valorar, de estimar. Hay, por tanto, un lado subjetivo, pero también un lado objetivo y, además, tal como se ha propuesto aquí, una vertiente ontológica del valor.