¿De qué estamos hablando?
Para introducir el asunto, no viene mal reflexionar sobre la dificultad de un planteamiento axiológico en el contexto de una cultura profundamente definida por la mentalidad positivista. La reducción de la realidad a lo fáctico, típica de dicha mentalidad cultural, no se solidariza bien con el concepto de valor. Me parece claro que el discurso sobre los valores no es un discurso sobre hechos, puesto que los valores no son hechos. Puede haber hechos valiosos, pero los valores no consisten en sus correspondientes realizaciones. En cierto modo, los valores están en otro mundo distinto al de los hechos. Pero, entonces –cabe preguntarse– ¿cuál es ese otro mundo? ¿Dónde están los valores? Esta cuestión nos abre a un difícil problema teorético que no es posible abordar aquí en profundidad. Sumariamente podríamos reseñar dos vías de solución: a) El “realismo platónico” reservaría para los valores –igual que para las ideas– un tópos concreto, pero separado del que nos es accesible a través de los sentidos. Hay un lugar para los valores que no es el lugar natural de los hechos: ha de ser una especie de mundo ideal, supraceleste (cósmos noetós, hyperouranós topós). Ahí estarían los valores; no, desde luego, en nuestro mundo inferior. En el tópos aisthetós no nos tropezamos con los valores. b) Desde un realismo más “moderado” que el platónico, por el contrario, los valores están fuera de todo lugar; en el más estrechos de los sentidos, son utópicos (ouk-tópos). Su ser no implica, propiamente, ningún estar. El valor carece de toda determinación topográfica, lo cual no implica que carezca de entidad. Tampoco pueden recibir determinación temporal alguna: están fuera del crónos. Ahora bien, en esto sí que coincidirían con las ideas platónicas, que son eternas; al igual que éstas, los valores no serían históricamente datables, pues datar algo sólo es posible cuando ese algo es un hecho. En cualquier caso, y sin profundizar más en esta discusión, sí parece claro que los valores gozan de un estatuto claramente diverso al régimen de lo fáctico. Su índole “utópica” y “ucrónica”, con todo, no significa que estén desprovistos de “realidad”. (El platonismo, desde luego, les atribuiría la condición de lo auténticamente real, pues lo que hay en el tópos y en el crónos es mera apariencia, sombra, semejanza imperfecta: la verdadera realidad es la utopía). La Axiología o teoría de los valores coincide sólo en parte con el platonismo, ya que, por un lado, afirma el carácter utópico y ucrónico del valor, mientras que, por otro, afirma su radical irrealidad. Su propuesta más popularizada es que los valores no son, sino que valen (die Werte sind nicht, sondern werten); es decir, no sólo no están, sino ni siquiera son: únicamente deben ser. Acerca de la relación entre el “deber ser ideal” y los valores explica Max Scheler que está regida por dos axiomas: “Primero, todo lo que es positivamente valioso debe existir; segundo, todo lo que es negativamente valioso no debe existir. La conexión que así queda establecida no es una conexión recíproca, sino unilateral. Todo deber-ser está fundado sobre los valores; en cambio, los valores no están fundados, de ningún modo, sobre el deber-ser. Antes bien, puede verse sin gran dificultad que dentro de la totalidad de los valores solamente se hallan en vinculación inmediata con el deber-ser aquellos valores que se apoyan en el ser (o en el no-ser, respectivamente) de valores” [1]. Los valores no dicen relación a la existencia o no existencia, continúa este autor, mientras que el deber-ser está necesariamente referido a ella, si bien no pertenece a su esfera. Resulta, entonces, que el valor nada tiene que ver con la existencia, aunque funda deberes que sí lo están. Ello no obsta a que, tanto el deber-ser ideal como el valor, están fuera del ámbito de la existencia real. Si esto es así, cabe preguntarse, ¿podemos adscribir una significación real al término valor? Me parece que en todo este asunto hay una confusión no pequeña. El concepto de valor, tal como los axiólogos lo tratan está –ellos lo pretenden así– desvinculado del ser, porque parten de que el ser es algo que ya está existiendo. Entonces, es claro que puede considerarse valioso que ocurra determinada cosa: que ocurra es valioso, tiene valor… ¡Pero no tiene ser porque todavía no ha ocurrido! Todavía no ha accedido al terreno de la facticidad. La Axiología fenomenológica, en este punto, y contra todo lo esperable, coincide con el positivismo más estrecho en la identificación entre realidad y facticidad. De ahí que digan los axiólogos que los valores no son, cuando deberían decir que no son hechos. Volveremos sobre este punto más adelante. El valor permite, digámoslo así, hacer planes, mientras que el ser, tal como los axiólogos lo toman, es lo que ya está existiendo y, por ello, resulta impracticable. Por el contrario, valor lo puede tener algo que no existe, y precisamente es valioso que se realice. Realizar lo valioso es que se realice [2]. Aquí la Axiología también hace causa común con el existencialismo de Heidegger; su “ontología existenciaria” únicamente se interesa por lo que hace el hombre. La realidad en sí es bruta, mostrenca; sólo adquiere relevancia el ser del que el hombre se “cuida” (Sorge), aquello a lo que otorga sentido (Sinngebung). Para Heidegger, el hombre es el “ahí” del ser (Da-sein), el único ser capaz de desvelar el sentido –la verdad– del ente. Por tanto, el ser en sí no puede ser valioso: sólo tiene valor lo que el hombre proyecta, y el hombre es un ser de irrealidades, de futuro, un ser en el mundo (In-der-Welt-sein) y abierto a él, cuya esencia no está hecha sino que consiste más bien en una tarea, un hacerse a sí mismo [3]. Junto al indudable acierto de muchas de sus observaciones, no cabe negar en el planteamiento de la “ontología existenciaria” un punto de retórica, que pienso precisamente constituye el origen de la confusión que ahora está en juego. Es verdad que una dimensión central del ser humano es su capacidad de proyectar su vida, de diseñarla libremente y, así, de hacerla, lo cual implica que no está del todo hecha. Pero ello no quiere decir, como dice A. Millán-Puelles, que esté del todo por hacer [4]. No soy únicamente lo que he hecho con mi vida. Hay algo ya hecho en mí –no por mí– que, precisamente, me otorga la posibilidad de completar mi propio ser, pero a partir de un diseño en el que soy co-autor. La inserción de lo presente fáctico en el ámbito de una realidad más amplia, que abarca también la fáctica libertad humana respecto a los futuros contingentes y libres de su propia biografía, hace ilegítimo reservar al ser –el “ente” heideggeriano– la categoría de lo irrevocable, indecidible e impracticable por el hombre. Volviendo a nuestro asunto, al igual que no se puede reducir la realidad a lo para el hombre disponible o proyectable, tampoco se puede excluir esto de aquélla y, por tanto, el valor –tanto presente como posible– no se da en un plano diferente al que es propio del ser. “Ese plano –afirma Millán-Puelles– sería el de la nada, es decir, ningún plano. Todo valor positivo es tenido por algún ente (o por un ente en potencia, o por un ente en acto), y todo valor negativo o disvalor se da también en algún ente actual o en algún ente en potencia. La distinción de los planos del valer y del ser, tal como ha sido propuesta por la axiología o teoría de los valores, no puede en modo alguno mantenerse a la luz de un examen ontológico rigurosamente efectuado. Cierto que cabe ser, sin tener, sin embargo, un determinado valor, pero no cabe que un ser no tenga ningún valor, ni que un valor sea una nada. Incluso los disvalores son no-seres en un sentido únicamente relativo”









